Émile Baudot: el hombre que enseñó a las máquinas a escuchar
Hay inventores que buscan fama.
Otros buscan fortuna.
Y luego están los que sólo quieren que, cuando llegan al trabajo cada mañana, el sistema funcione un poco.
Émile Baudot pertenecía a este último grupo.
No era un genio excéntrico encerrado en un laboratorio, ni un empresario visionario. Era un funcionario (Como Einstein jejeje). Un ingeniero joven, metódico, silencioso, que trabajaba para la administración de telégrafos francesa cuando el mundo aún se comunicaba en Morse.
Y fue precisamente desde ese anonimato —desde la rutina, desde el tedio burocrático— desde donde cambió para siempre la forma en que las máquinas hablan entre sí.
Émile Baudot fue un ingeniero francés que en 1874 creó un sistema de telegrafía basado en un código de 5 bits y un teclado especializado. Su trabajo permitió enviar texto de forma automática, eficiente y múltiple por una misma línea. Ese código es el antepasado directo del ASCII y de la comunicación digital moderna.
Un mundo que hablaba despacio
A mediados del siglo XIX, la comunicación a distancia ya existía, pero era torpe. El telégrafo funcionaba gracias al código Morse, que exigía operadores altamente entrenados, atención constante y una coordinación casi artesanal.
Cada mensaje era un pequeño acto humano: escuchar, interpretar, repetir.
El sistema funcionaba, sí, pero tenía límites claros.
Era lento.
Era caro.
Y, sobre todo, no escalaba.
La administración francesa lo sabía. Y Baudot también.
Quién era Émile Baudot
Nació en 1845. No destacó por excentricidades ni por discursos grandilocuentes. Destacó por observar.
Trabajando en el servicio de telégrafos, vio el problema desde dentro: líneas infrautilizadas, operadores agotados, ineficiencia estructural. Y entendió algo: el cuello de botella no era la electricidad. Era el ser humano.
No pensó en eliminar al operador.
Pensó en ayudarlo.
El código de cinco pulsos
En 1874, Baudot presentó su sistema.
- Cinco bits.
- Cinco impulsos eléctricos.
- Treinta y dos combinaciones posibles.
Con ese límite, Baudot logró representar letras, números y símbolos mediante un sistema de cambio de contexto (letras / cifras). Todo pensado para que una máquina pudiera enviar texto sin traducción humana constante.
Además, introdujo algo revolucionario: la multiplexación. Varias conversaciones compartiendo una misma línea, organizadas por turnos precisos.
El telégrafo dejó de ser una conversación.
Pasó a ser un sistema.
¿Pero cómo funcionaba exactamente?
Primero: un código fijo y mecánico.
Baudot diseñó un sistema de cinco impulsos eléctricos transmitidos en secuencia temporal. Cada carácter se definía por la combinación exacta de esos cinco impulsos. No había interpretación subjetiva: o llegaban los impulsos correctos, o no llegaban.
Segundo: transmisión síncrona.
El sistema de Baudot requería que emisor y receptor estuvieran sincronizados mediante un regulador mecánico. Esto permitía que la máquina “supiera” cuándo leer cada bit. Es un antecedente directo de los sistemas de reloj que hoy gobiernan cualquier bus digital.
Tercero: multiplexación temporal.
Aquí estaba la verdadera revolución. Baudot dividía el tiempo en ranuras fijas y permitía que varios operadores compartieran una sola línea telegráfica, cada uno transmitiendo en su turno asignado. Cinco operadores podían usar simultáneamente la misma línea sin interferirse.
Dicho de otra forma:
Baudot convirtió una línea telegráfica en un recurso compartido y gestionado por máquina.
Cuando el progreso molesta
Como casi todos los avances reales, el sistema de Baudot no fue recibido con aplausos.
Los primeros informes internos del servicio de telégrafos francés mostraban una resistencia clara por parte de los operadores. Y no era ignorancia: era miedo perfectamente racional.
El sistema Baudot:
– reducía la necesidad de operadores expertos en Morse
– trasladaba parte del control del proceso a la máquina
– exigía aprender un nuevo método de trabajo
En 1877 y 1878, durante demostraciones oficiales en París, varios operadores veteranos enviaron cartas de protesta a la administración. En ellas argumentaban que el sistema era:
– innecesariamente complejo
– mecánicamente frágil
– peligroso para la fiabilidad del servicio
Algunos informes de la época señalaban que “la sincronización mecánica es un punto débil inaceptable”. Otros criticaban que el operador “pierde control directo sobre la transmisión”.
Lo que en realidad estaba ocurriendo era algo muy antiguo:
un oficio artesanal se defendía frente a la automatización
Baudot respondió como respondían los ingenieros de su tiempo: con datos. Presentó estadísticas que demostraban mayor rendimiento por línea, menos errores acumulados y mayor capacidad total del sistema.
La administración tardó años en adoptar su solución de forma generalizada. Pero cuando lo hizo, ya no hubo vuelta atrás.
Nunca fue una figura pública.
Nunca fue una celebridad.
Murió en 1903, con solo 57 años, sin saber hasta dónde llegaría aquello que había empezado como una mejora administrativa.
Un legado que no lleva su nombre
El código Baudot evolucionó. Fue adaptado. Refinado. Normalizado.
De él nacieron códigos posteriores.
Y de esos códigos, el ASCII.
Y del ASCII, todo lo demás.
Y quizá esa sea la forma más honesta de cambiar el mundo: construir algo tan fundamental que nadie recuerde quién lo hizo, pero nadie pueda prescindir de ello.
Baudot no enseñó a las máquinas a hablar. Les enseñó a escuchar impulsos… y a convertirlos en lenguaje.












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