ADM-3A: el terminal que enseñó a programar a toda una generación
Imagina que estás en una universidad americana en los años setenta. No hay portátiles. No hay Wi-Fi. No hay pantallas bonitas. Hay una sala fría, ruidosa, y en el centro, como un tótem moderno, un ordenador enorme que cuesta más que el edificio en el que está metido.
Ahora imagina que cien personas quieren usarlo.
Ahí entra en escena el ADM-3A. Sin música de Piratas del Caribe o de Gladiator. Sin aplausos. Sin saber que iba a dejar huella.
El ADM-3A no nació para ser famoso. Nació para resolver un problema práctico. Y, como suele pasar, eso fue suficiente para que acabara cambiándolo todo.
El ADM-3A fue un terminal de texto lanzado en 1976 por Lear Siegler. Era barato, resistente y estaba en todas las universidades. Su teclado influyó directamente en los editores de texto de terminal vi y Vim. Muchas cosas que hoy haces en una consola existen porque ese teclado fue así.
Por qué hacía falta un ADM-3A
En los setenta, el problema no era que los ordenadores fueran lentos.
El problema era que había muy pocos.
Un ordenador no era algo personal. Era un recurso compartido. Y caro. Muy caro.
Así que la pregunta clave no era “¿cómo lo hacemos más potente?”, sino:
¿cómo permitimos que más personas lo usen sin arruinarnos?
La respuesta fue sencilla: pantallas con teclado conectadas por cable a un ordenador central. Nada de inteligencia local. Nada de lujos. Sólo una herramienta para hablar con la CPU.
El ADM-3A llegó justo ahí. Ni antes ni después.
Quién lo creó (y qué no estaba en el plan)
El ADM-3A fue fabricado por la empresa Lear Siegler. No eran hackers, sino fabricantes de hardware con un objetivo: vender hardware que funcionara, durara y no diera problemas.
Por eso el diseño era tan… sobrio (y no en el sentido en que tu tío Paco lleva el pin de las 24 sin beber).
Pantalla CRT monocroma.
Texto grande.
Teclado duro.
Conexión serie RS-232.
Y cero capacidad de procesamiento.
No calculaba nada. No guardaba nada. No decidía nada. Sólo mostraba lo que el ordenador central le trasladaba.
Costaba alrededor de 1.000 dólares en 1976. Lo justo para que universidades y centros de investigación pudieran comprar muchos.
Y ahí empezó esta bonita historia…
Cómo se coló en las universidades (y por qué eso fue clave)
El ADM-3A no conquistó empresas punteras.
Conquistó aulas.
Y eso lo es todo.
Porque cuando miles de estudiantes aprenden a programar usando el mismo terminal, ese terminal se convierte en norma. En costumbre. En estándar. En nostalgia. En “así se hacen las cosas” y “así es como deberían ser”.
No porque sea el mejor.
Sino porque es el que está delante de ti.
Generaciones enteras aprendieron Unix, C y sistemas operativos mirando una pantalla verde conectada a un ADM-3A. Y lo que aprendes así se te queda grabado en los dedos.
Literalmente. Porque eso sí que era un teclado mecánico. De los de verdad.
El teclado que decidió cómo te mueves hoy
El teclado del ADM-3A tenía flechas impresas sobre las teclas H J K L. No por estética. Por necesidad. Muchas funciones se activaban con combinaciones de Control y esas letras.

Cuando Bill Joy creó el editor vi en Berkeley, lo hizo usando un ADM-3A.
¿Consecuencia?
Los movimientos del cursor en vi quedaron ligados a esas teclas.
No fue una decisión filosófica.
No fue “porque era más eficiente”.
Fue porque ese era el teclado que había.
Décadas después, millones de personas siguen usando HJKL. Defendiéndolo. Discusiones interminables. Memes. Religión.
Todo por una serigrafía en plástico beige.
TIP DE LOOPEANDO:
Si algo del software moderno parece absurdo, casi siempre hay una razón histórica detrás. Y muchas veces esa razón es un teclado antiguo. Desde QWERTY a Control Alt Suprimir
Qué se creó delante de un ADM-3A
Ni videojuegos espectaculares.
Ni interfaces gráficas.
Ni demos para enseñar en ferias.
En un ADM-3A se escribieron los cimientos de la informática actual:
- código en C,
- utilidades base de Unix,
- editores de texto,
- herramientas de sistema,
- software académico y científico.
Es decir: lo que sostiene todo lo demás.
No era una máquina para presumir.
Era una máquina para pensar.
El ADM-3A es la prueba de algo incómodo:
en tecnología, muchas decisiones no se eligen… se heredan.
Cada vez que abres una terminal.
Cada vez que usas Vim en SSH.
Cada vez que aceptas una convención rara “porque siempre ha sido así”.
Ahí hay un poco de ADM-3A.
No porque fuera brillante.
Sino porque estuvo en el lugar adecuado, en el momento adecuado, delante de la gente adecuada.
Y a veces, eso es todo lo que hace falta para cambiar el mundo.












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